Spableck (capítulo final)


Spableck y la cerda parecían contentos
entre ellos se mimaban, estaban muy atentos.
La cerda así creció, se puso muy hermosa,
Spableck la surtía y ella era muy golosa.
Sucedieron los días, pues no se paró el tiempo,
en rápido marchar, ya que es vil y cruento.
Los días de sorpresa, que eran la mayoría,
se dejaron vencer por la monotonía.
Spableck y la cerda, antaño tan felices
dejaron de querer besar sus cicatrices.
Y él se preguntaba ¿por qué ya no es risueña?
Ella se preguntaba ¿por qué ya no me sueña?
Entonces el vil ogro, verde y muy oloroso,
realizó un gesto mortal con su fuerza de oso.
Esta cerda gorrina que ya no me seduce,
la meteré en el horno, la comeré agridulce.
Así hizo el muy ladino, la engañó astutamente,
le dijo: ven, cariño; y fue muy convincente.
Ella, incauta y confiada, libre de disimulo,
se acercó y él, rapaz, le hincó un palo en el culo,
luego la puso al fuego, espectáculo infernal,
lloró un poco en el cuerpo y así no faltó sal
El monstruo sin escrúpulos no tuvo compasión
tanta dicha anterior no le indujo el perdón.
Así acaba la historia del hijueputa converso,
filmada en cinemascope, escrita toda en verso.

Pues ya se comentó en esta obra dantesca,
los ogros son cebollas: los cabrones apestan.

(c)

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