Spableck y la princesa de Monicaco II (por Piojo Rojo)


Bajar con el peso de los dos resultaba un poco difícil. Por ello , a la princesa de Monicaco, que era tan genial, se le ocurrió que con los pelos de sus piernas podían trenzar una soga, de cuarenta y siete pies lo menos.

Shpableck, encantado de la vida, aceptó la tan genial, genial idea, y comenzó con la faena.

Cuando terminaron, la princesa de Monicaco se preparó en el petate un Ibuprofeno, una botella de vino pitarra con gaseosa de litro, y un sanuis de atún con tomate.

 

– Ya no cojo más na.

– Joder, ¿ni unas bragas limpias?. No seas piojosa.

 

Por vergüenza, ella cogió un pack de bragas, con los días de la semana, que tenía guardás pa el ajuar.

Bajaron tal cual, y se pusieron rumbo a Mandril, ciudad natal de Shpableck.

Shpableck le enseñó, muchas afotos de la fermosa ciudad.

Monicaco que lo máximo que había visto era Almendralejo, se sentía tan emocionada, que de camino se compró en el Zeppelin unos pantalones 9.90.

Shpableck la miraba horrorizado, pues con ese dinero tenía pa spaguettis una semana.

La princesa Monicaco, que entre sus aficiones burguesas, se encontraba la de coger esparragos, cardillos, y purgar los radiadores pa el invierno, no podía entender como ese ogro fuera tan afín a ella.

El camino se hacía pesado.

Monicaco que hacía días no había hecho aguas mayores, le pidió a Shpableck, que hicieran un alto en el camino.

A ella le daba vergüenza decir el motivo real de la parada. Entonces, muy sutilmente, le dijo a Shpableck:

 

– Hay un dicho muy bonito en mi familia, que pasa de generación en generación.

“¡Si en el camino te has parado, es que en casa no has cagado!

¡Si no tiés papel suavote, límpiate con un pelote!”

Así que tápate los oídos Shpableck, que me tiro unos pedos que parecen cobetes.

 

Él, pestiñoso, no podía recopilar tanta información, y sin darle mucha importancia al asunto, le dijo a la monicaco, que ya que paraban, él íba a cagar.

A lo que ella contestó:

 

-Muy bien, yo voy a empolvarme la nariz, detrás de esa esparraguera.

 

La dulce monicaco

pa cagar no tenía tabaco.

Y tenía más mala leche,

que un gato metío en un saco.

Se lió un puro de amapola,

pero no quería  fumar sola.

 

– Shpableck, ¿ Quieres una calita?

– ¡Pero tu que tás creío endrogaita!. Me parece que de fumar te has pasado.

– Ende luego, que sieso que eres, ni fumas, ni bebes. Al menos…

– Si,comer si me gusta.

– Pero, ¿ te gustan los conejos? – Dijo monicaco con doble intención.

– Lo que más me gusta, son las salchichas gordas.

 

 Aún Shpableck no entendía

porqué a su lado

monicaco había vomitado.

 

-¡A éstas tías, no hay quien las entienda! Dijo él, triste y acongojado.

 

Monicaco vio su cara de asombrado,

por haber ella la raba echado.

Y limpiándose en su manga,

le preguntó en tono enfadado:

 – ¿ Qué te paja bocasucia, es que estás afeminado?

 

– ¡Ay pájara! En de que te vi, sabía que tiés muy mala idea pajaruela  Te voy a enseñar yo, que clase de macho ibérico estoy hecho.

¿Tú ves, aquellos conejos que están agazapados?

Pues a todos los dejaré extasiados.

 

Se fue a ellos, y guiñándoles un ojo, se acercó susurrante.

 

– Sos diré algo conejos, algo que aprendí de infante.

Siempre, siempre… Es bueno acompañaros con un ajillo.

 

Los conejo al oir tal sentencia salieron escopetaos a sus madrigueras, como bichos.

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